El sabor erótico de una piscola es realmente envolvente.
Te cautiva desde el mismo momento en que mezclas los tres cubitos de hielos con ese suave y sexual aroma a uva destilada. Es como cuando te(nos) saca(mo)s la ropa.
Y cuando echas la bebida, que puede ser cualquiera menos Pepsi, es como el ir y venir de furtivas embestidas. Lacónicas caricias que se desenvuelven entre le toma-que-te-toma.
Muchas veces una piscola dura menos que el que cante un gallo y pfff... orgasmo. Bah, quiero decir, "se acabó".
Vamos por la otra y salud, mierda.
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