24.8.10

Capitulo II: “Semáforo en rojo”

Mi nombre es Pedro González. Soy micrero desde los 24 años. Llevo más de la mitad de mi vida en este arriesgado oficio, donde no sólo sufren los riñones y la espalda, sino cada parte de tu cuerpo, porque la responsabilidad de manejar micro es muy grande. Acá, en la máquina, no acarreas chanchos po', acá llevai gente, vidas humanas.

Hoy Llegué a la garita a las una y media de la tarde. Me toca ese turno. Es más relajado que la mañana, pero es menos alegre. La gente va en su mundo, no se sube mucho ambulante y en sí, es aburrido. Voy en la mitad del turno, aún me quedan unas cuantas vueltas más. Avanzo rápido y ágil entre las otras máquinas. Recién se me apareció un rojo, el que no alcanzo a ver. No importa... ya se pasó.

De repente me hace parar un par de rucias, a lo mejor son gringas, seguro. Se suben y pagan escolar. Atrás de ellas viene un marino con cara de perro policial, me paga y avanza por el pasillo.

Aprieto el acelerador. Una curva cerrada (que viene antes de un próximo paradero) me obliga a andar más lento. 'toy en esa, cuando veo a un cabro con pinta de universitario, que le pide permiso a una mano pa’ levantar la otra -si será pajero este otro-. De repente, me doy cuenta que a quien le está haciendo parar es a mi. Hago la maniobra y le abro la puerta.

Por si las moscas, intento cobrarle local. Quizá' su weonaje también es de ca'eza y lo hago weón.

Me saluda y paga escolar mostrando su pase, claro po', si a estos pendejos se les puede olvidar hasta el nombre, pero los carretes y el pase nunca. Le digo que es barsa igual que todos los universitarios y el muy para'o se ríe más encima. Me hirvió la sangre con su choreza y me pego una acelera', pa’ botar al car'e na, pero el muy saco 'e pelota ya está atrás y bien afirma’o.

Chucha, otro semáforo. Ahora no me pue’o pasar el rojo, porque a la vuelta hay un retén de los pacos. Mientras espero la luz verde, cambio la radio. Uhh! hace tiempo que no escuchaba al Zalo Reyes: con una lágrima en la garganta, te vi partir.

Es largo este semáforo, así que mato el tiempo cantando y viendo mi máquina. 'ta linda la “Paloma”, siempre la limpio, todos los días le pego su buena lavá’. Ya van a ser tres años que manejo mi propia micro, ahora la decoro como se me pare el poto. Pegué una calcomanía del flaquito INRI, pa’ que me proteja y al lado, una foto de mi guagua ... el otro día me la regaló, es de cuando la cabra chica iba al kinder.

Cambió la luz. Aprieto el embrague y vamos metiéndole chala. En seguida viene un buen paradero, ojalá se me llene la “Paloma” y no me pongan ata’os con los boletos después en la garita.

23.8.10

Crónica de un viaje en micro/ Capitulo I: "Asiento con ventana, en la hilera del chofer"

Es tarde. El viento pega en mi cabeza, casi como refrescando mis ideas. De a poco, dejo de pensar en la agobiante rutina. En mi Mp3 escucho el francés sonsonete de Edith Piaf y su archiconocido "La vie en rose". Entretanto el cielo comienza a cubrirse de sublimes luciérnagas que pululan en el fondo del tejado marino.

Ajena compañía decora el oxidado y multicolor paradero, como adornando la espera.
A lo lejos, logro divisar la pintosa micro que tanto esperaba. Me apuro para que no pase de largo y, a pesar de mi floja manera de indicar que ése es mi bus, el conductor detiene una mercedes benz bicolor que abre su puerta hidráulica.


Buenas Noches digo -tratando de ser amable-

El chófer me miró con una poco amigable cara, la cual interpreté como un “¡cabros barsa’ estos que pagan tarifa escolar hasta por si acaso!”. Ante tal acogedor recibimiento, respondí con una profunda y cínica sonrisa, que descolocó al chofer.

Cosas tan especiales como ésta, pueden pasar en un viaje en micro a la hora de regreso, la cual nunca es exacta, pero siempre transcurre al tiempo que los rayos de sol van desapareciendo y se huele un olor a noticiero central y té con pan tostado.

Avanzo por el pasillo. Busco algún asiento en la misma hilera del conductor y con ventana. Me gusta mucho la vista desde ese lugar, además me relaja; son dos aspectos muy importantes a considerar a la hora de hacer reflexiones.

Al final del pasillo veo a un par de tórtolos escolares: ella, con su agotado jumper y él, con una mochila llena de responsabilidades típicas de la enseñanza media. Van felices juntos y de la mano. Irradian ese amor mutuo y compañero, aquella complicidad característica del primer pololeo serio.

Descarto categóricamente sentarme a su lado.

En el penúltimo asiento, el mismo que suelo usar, va sentado un marino. En el regazo de sus piernas lleva, con firme y a la vez maternal protección, un maletín. Lo observo con cara de evidente desagrado. Estaba en el lugar que yo deseaba. Él, no se percata de mi malestar.

Junto al azulado uniforme, va sentado un caballero de lentes y un libro de autor (el cual no logro identificar), frente a su añosa vista. Cuando me ve parado a su lado me mira y hace un ademán con sus cejas, el cual respondí con una profunda, pero esta vez sincera y amable sonrisa.

Desde el fondo del pasillo, logro tener una panorámica del anfiteatro micrero. Con evidente aburrimiento leo los mensajes que embelecen la cabina de conducción:

¡Papito no corras! – titula una infantil foto de niña sin colmillos y “chapes”-

Bajo la imagen de un alisado Jesús y sus infaltables gaviotas acompañantes, reza un clásico: Jesús es mi copiloto.

En el vidrio que cubre las espaldas del conductor se lee un certero: Si va atrasado, levántese más temprano; no culpe al chofer.

No alcanzo a terminar de reír, cuando es presionado el acelerador y comienza uno de los deportes más originales que existen en la arena de la locomoción colectiva: el surf micrero. Una vez que logro mi equilibrio espiritual y me estabilizo (sin caídas ni balanceos que desafíen la gravedad), me doy cuenta de los demás espectadores. Es acá, cuando me fijo en el circo romano que es el viaje de vuelta al hogar.

En la hilera de la puerta (que para efectos de mi búsqueda de asientos, está censurada) van sentadas un par de gringas, seguramente de intercambio que conversan en su lengua original, así nadie (o casi nadie) puede entender lo que hablan. Atrás del par de angloparlantes, con sensual escote, está una joven y esbelta secretaria ejecutiva; a su diestra un quinceañero va explicándole telefónicamente a su polola porqué no puede ir a tomar once en la casa de los abuelos de ella.

Antes de la puerta trasera, y en una rockera atmósfera, va un chascón que, por el alto decibel de sus audífonos, me permite escuchar al colérico Ozzy Osbourne en war pigs. Sin verse afectada, y con ajado rostro mirando el paisaje, va sentada una auxiliar de aseo con artificial cabellera cobriza.

Luego de darme cuenta que, además de haber más de 4 lugares disponibles en la hilera “censurada”, el próximo paradero se acerca y es de ese tipo de paraderos donde hay que sacar número de llegada para lograr subir a la micro. Ante esa situación, mi expedición en la fauna micrera tendrá que pasar a un segundo plano. Ahora debo buscar rápidamente un asiento. Veo hacia la fila de mi elección y está toda ocupada, con excepción del rincón del bus, que está justo a un costado de la pareja de jóvenes que vi cuando comenzé la búsqueda.

Permiso, déjame pasar por fa! –le digo, mientras mi rostro refleja la incomodidad obvia por tener que tocar el violín-

Pasa, compadre – se levanta para que yo pudiese pasar al famoso asiento del rincón-

No alcanzo a acomodarme bien antes que la micro frene.
Rápidamente se suben al bus 4 ò 5 personas, no me fijo mucho, pues estaba acomodándome bien la mochila en las rodillas. A la vez, dejaba literalmente “a mano” mi Mp3 con su infinito soundtrack musical. Quien esta vez me invitaba a musicalizar mi “recreación visual micrera”, fue Manuel García con Témpera.

Lo primero de lo que me doy cuenta, es que uno de los nuevos compañeros de viaje no se sienta, a pesar de que hay un asiento desocupado. Él es cuarentón, canoso, de informal vestir, pero se nota que viene de su trabajo. No pasa si quiera un minuto cuando descubro el por qué de su decisión: la rubia de provocador escote.

Estoy sacándole la foto al verde cuarentón, cuando escucho el agudo, estrepitoso e insistente llanto de un bebe: dos asientos más adelante del mío va una joven con el causante del ruido ambiente.

Tssssst – se oye desde el anonimato de la micro-

Quizá si el show de llantos hubiese sido al medio día, la ola de reclamos y vituperios hacia la nerviosa madre, habrían sido una insistente atmósfera de mala onda, pero es el viaje de vuelta y, a esta altura del día no se quiere nada más que llegar al hogar, tomar un rico café con galletas y ver/comentar el suceso del día.

Es que eso es lo que se vive en un viaje en micro a esa altura del día: una profunda e inagotable reflexión, que gira entorno al quehacer diario, a lo (in)productivo del día que recién pasó y lo que será mañana.

Mientras me doy cuenta de todo aquello, la micro avanza y el anonimato público llena la máquina de vivencias personales.

11.8.10

PLOP!

Resulta ser que, ya no sé porqué razón, encontré este fragmento en internet:

...Margarita Tobar era oriunda de La Trinidad y se fue a trabajar a casa de una de las dueñas de la hacienda Marchigüe, doña Ana Ovalle Iñiguez, que casada con don Wenceslao Vial Solar, fueran embajadores en Francia a fines del siglo XIX. No tardó Margarita, que era muy hermosa, en encontrar un novio parisino cuyo matrimonio el diplomático cariñosamente apadrinó en el sagrario de la Catedral de Notre Dame y al que asistió el mariscal Patrice de McMahon, presidente de Francia, con quien el embajador trabó gran amistad a pesar de que tenían una gran diferencia de edad. Desgraciadamente, su marido que era el suboficial de artillería Pierre Liard, murió trágicamente en la guerra europea. A pesar de haber sido póstumamente honrado como un héroe nacional con la Legión de Honor, máxima condecoración del gobierno francés, la desconsolada viuda decidió volver con sus 3 pequeños hijos franceses a Marchigüe. Nietos de don Wenceslao Vial son el ex-rector de la Universidad Católica, don Juan de Dios Vial Correa, el investigador médico don Salvador Vial Urrejola y el ex-ministro de Educación, don Gonzalo Vial Correa. Nieto de Margarita Tobar fue el ex-General de Carabineros don Hernán Reyes Liard.

El asunto es que la mencionada Margarita es mi tatarabuela; me explico:

>Margarita Tobar, tal como dice el texto, se casó con Pierre Liard y tuvieron tres hijos: Marie, Pierre y Magdalena.

>Magdalena Liard Tobar, chilena de nacimiento según sé (al contrario de lo que dice en el escrito, tengo entendido que nació en el barco de regreso a Chile), se casó con Luis Antonio Reyes Sánchez, teniendo 8 hijos, Francisco Hernán (nombrado en el texto), Luis Antonio, María Inés, Juan Aldo, Mario Enrique, Julio César, María Magdalena y María Teresa.

>María Inés Reyes Liard, Rancagüina, conoce al joven profesor e hijo de carnicero Ramón Manuel Ramos Sepúlveda. Con él, se casan y tienen cuatro hijas; María del Pilar, Susana del Carmen, María Inés y Claudia Magdalena.

> Susana del Carmen Ramos Reyes se casa en 1987 con Juan Enrique Delso Sepúlveda. De su unión nace en 1992 María Inés Delso Ramos y antecediéndola cuatro años y un poco más, quien escribe: Diego Matías Delso Ramos.

Lo curioso de todo esto, más allá de saber el motivo de porqué el origen franchute de la familia de mi abuela, es que si entendí bien lo que dice el material, soy algo así como "pariente" o, mejor dicho, "amigo de la familia" (muy lejano, por cierto y gracias a Dios) de GONZALO VIAL CORREA. Plop!

Jajajá.

Fuera de bromas y coincidencias, me remití a escribir esto porque al conocer datos de mis antepasados, sentí algo raro. Bonito, pero extraño.

Eso.

8.8.10

Ranking de la vida

Desde chico me ha gustado la música. De hecho, siento que ha marcado diferentes episodios de mi vida. Por eso, a continuación les dejo una especie de ranking (aleatorio en años e importancia; o sea, será una lista) con algunas de las canciones que han ambientado los momentos alegres de mi vida, PERO considerando que es el día del niño, haré (o intentaré hacer) énfasis en esa etapa. Sí, será onda fines 80's inicios de los 90's:

Primera infancia
Nótese el factor "me críe con mi vieja haciendo aseo y escuchando esta música". Jajajá, bien cebolla!

Juan Antonio Labra - Mueve, mueve


Yuri - Qué te pasa


Zalo Reyes - Prisionera


Emannuel - Chica del humo


Niñez
Acá ya no hay música tan cebolla, pero sí hay éxitos dignos de catalogar quizás como Kitsh.

Vilma Palma e vampiros - La Pachanga


Jon Secada - Otro día más sin verte


Garibaldi - La ventanita


Kaoma - Lambada


Kaoma - Danzando Lambada


Banda blanca - Sopa de caracol


Los embajadores vallenatos - Santo Cachón


Juan Luis Guerra - La bilirrubina


Miguel Mateos - Obsesión