23.8.10

Crónica de un viaje en micro/ Capitulo I: "Asiento con ventana, en la hilera del chofer"

Es tarde. El viento pega en mi cabeza, casi como refrescando mis ideas. De a poco, dejo de pensar en la agobiante rutina. En mi Mp3 escucho el francés sonsonete de Edith Piaf y su archiconocido "La vie en rose". Entretanto el cielo comienza a cubrirse de sublimes luciérnagas que pululan en el fondo del tejado marino.

Ajena compañía decora el oxidado y multicolor paradero, como adornando la espera.
A lo lejos, logro divisar la pintosa micro que tanto esperaba. Me apuro para que no pase de largo y, a pesar de mi floja manera de indicar que ése es mi bus, el conductor detiene una mercedes benz bicolor que abre su puerta hidráulica.


Buenas Noches digo -tratando de ser amable-

El chófer me miró con una poco amigable cara, la cual interpreté como un “¡cabros barsa’ estos que pagan tarifa escolar hasta por si acaso!”. Ante tal acogedor recibimiento, respondí con una profunda y cínica sonrisa, que descolocó al chofer.

Cosas tan especiales como ésta, pueden pasar en un viaje en micro a la hora de regreso, la cual nunca es exacta, pero siempre transcurre al tiempo que los rayos de sol van desapareciendo y se huele un olor a noticiero central y té con pan tostado.

Avanzo por el pasillo. Busco algún asiento en la misma hilera del conductor y con ventana. Me gusta mucho la vista desde ese lugar, además me relaja; son dos aspectos muy importantes a considerar a la hora de hacer reflexiones.

Al final del pasillo veo a un par de tórtolos escolares: ella, con su agotado jumper y él, con una mochila llena de responsabilidades típicas de la enseñanza media. Van felices juntos y de la mano. Irradian ese amor mutuo y compañero, aquella complicidad característica del primer pololeo serio.

Descarto categóricamente sentarme a su lado.

En el penúltimo asiento, el mismo que suelo usar, va sentado un marino. En el regazo de sus piernas lleva, con firme y a la vez maternal protección, un maletín. Lo observo con cara de evidente desagrado. Estaba en el lugar que yo deseaba. Él, no se percata de mi malestar.

Junto al azulado uniforme, va sentado un caballero de lentes y un libro de autor (el cual no logro identificar), frente a su añosa vista. Cuando me ve parado a su lado me mira y hace un ademán con sus cejas, el cual respondí con una profunda, pero esta vez sincera y amable sonrisa.

Desde el fondo del pasillo, logro tener una panorámica del anfiteatro micrero. Con evidente aburrimiento leo los mensajes que embelecen la cabina de conducción:

¡Papito no corras! – titula una infantil foto de niña sin colmillos y “chapes”-

Bajo la imagen de un alisado Jesús y sus infaltables gaviotas acompañantes, reza un clásico: Jesús es mi copiloto.

En el vidrio que cubre las espaldas del conductor se lee un certero: Si va atrasado, levántese más temprano; no culpe al chofer.

No alcanzo a terminar de reír, cuando es presionado el acelerador y comienza uno de los deportes más originales que existen en la arena de la locomoción colectiva: el surf micrero. Una vez que logro mi equilibrio espiritual y me estabilizo (sin caídas ni balanceos que desafíen la gravedad), me doy cuenta de los demás espectadores. Es acá, cuando me fijo en el circo romano que es el viaje de vuelta al hogar.

En la hilera de la puerta (que para efectos de mi búsqueda de asientos, está censurada) van sentadas un par de gringas, seguramente de intercambio que conversan en su lengua original, así nadie (o casi nadie) puede entender lo que hablan. Atrás del par de angloparlantes, con sensual escote, está una joven y esbelta secretaria ejecutiva; a su diestra un quinceañero va explicándole telefónicamente a su polola porqué no puede ir a tomar once en la casa de los abuelos de ella.

Antes de la puerta trasera, y en una rockera atmósfera, va un chascón que, por el alto decibel de sus audífonos, me permite escuchar al colérico Ozzy Osbourne en war pigs. Sin verse afectada, y con ajado rostro mirando el paisaje, va sentada una auxiliar de aseo con artificial cabellera cobriza.

Luego de darme cuenta que, además de haber más de 4 lugares disponibles en la hilera “censurada”, el próximo paradero se acerca y es de ese tipo de paraderos donde hay que sacar número de llegada para lograr subir a la micro. Ante esa situación, mi expedición en la fauna micrera tendrá que pasar a un segundo plano. Ahora debo buscar rápidamente un asiento. Veo hacia la fila de mi elección y está toda ocupada, con excepción del rincón del bus, que está justo a un costado de la pareja de jóvenes que vi cuando comenzé la búsqueda.

Permiso, déjame pasar por fa! –le digo, mientras mi rostro refleja la incomodidad obvia por tener que tocar el violín-

Pasa, compadre – se levanta para que yo pudiese pasar al famoso asiento del rincón-

No alcanzo a acomodarme bien antes que la micro frene.
Rápidamente se suben al bus 4 ò 5 personas, no me fijo mucho, pues estaba acomodándome bien la mochila en las rodillas. A la vez, dejaba literalmente “a mano” mi Mp3 con su infinito soundtrack musical. Quien esta vez me invitaba a musicalizar mi “recreación visual micrera”, fue Manuel García con Témpera.

Lo primero de lo que me doy cuenta, es que uno de los nuevos compañeros de viaje no se sienta, a pesar de que hay un asiento desocupado. Él es cuarentón, canoso, de informal vestir, pero se nota que viene de su trabajo. No pasa si quiera un minuto cuando descubro el por qué de su decisión: la rubia de provocador escote.

Estoy sacándole la foto al verde cuarentón, cuando escucho el agudo, estrepitoso e insistente llanto de un bebe: dos asientos más adelante del mío va una joven con el causante del ruido ambiente.

Tssssst – se oye desde el anonimato de la micro-

Quizá si el show de llantos hubiese sido al medio día, la ola de reclamos y vituperios hacia la nerviosa madre, habrían sido una insistente atmósfera de mala onda, pero es el viaje de vuelta y, a esta altura del día no se quiere nada más que llegar al hogar, tomar un rico café con galletas y ver/comentar el suceso del día.

Es que eso es lo que se vive en un viaje en micro a esa altura del día: una profunda e inagotable reflexión, que gira entorno al quehacer diario, a lo (in)productivo del día que recién pasó y lo que será mañana.

Mientras me doy cuenta de todo aquello, la micro avanza y el anonimato público llena la máquina de vivencias personales.

6 comentarios:

Unknown dijo...

cuando voy en el mentro me gusta imaginar la vida que llevan las personas que se suben conmigo... quizá sea porque el ritmo de vida de stgo es distinto y me llama más la atención, no lo sé... pero siempre me ha causado curiosidad.
lo chistoso de andar en micro es con la fauna (no en sentido peyorativo, ojo) que te encuentras en ella, cada uno en su mundo, como tú en el tuyo o yo en el mío.
saludos!

Unknown dijo...

metro*

●₪[Diego]₪● dijo...

Sí po'!
en general es recurrente en mi eso de ir imaginándome los mundos de cada personaje de las variopinta fauna de la locomoción colectiva(quizás esto deja entrever cierta psicopatía, ah! xD).

Ojo, Konini que se viene la descripción de cada mundo de los personajes ;D

desvío dijo...

di una pequeña vuelta a la blogósfera cercana y de lo único que me doy cuenta es que lo de las micros es un TEMA. a todos nos pasa algo en la micro, lo que pensamos, lo que vemos, la música que escuchamos... la micro es un buen lugar a pesar de todo lo mal ponderada que está. a mí me agrada :)
Saludos, diego :)

Anónimo dijo...

Puta que es linda la canción “La vie en rose”, le amo!
Siempre debemos ser cínicos (en el buen sentido de la palabra ) para “desarmar” a una persona la cual nos hizo sentir mal o nos dijo algo q nos molesto, entonces hablar de buena manera y sonreír de forma cínica es algo q descoloca y hace sentir mal y quizás hasta un poco de pena a la otra persona… más de alguna vez le sonreí a un micrero q fue un saco wea conmigo.
Dentro de todo, igual me gusta andar en esas máquinas feas, no así en el metro, que es un asco, me gusta mirar a la gente, intentar saber q mierda hablan con sus acompañantes, ver como van pensando y hablando solas, como se maquillan las minas o como al contestar el celular inventan chivas del por q van atrasados y q van llegando en 5 minutos, me gusta eso, observar y reírme de uno que otro personaje.
Tema de hoy: Témpera de Manuel GarcÍa ehh
Escribe más seguido hombre, si le sale tan lindo ¡


tutula

Dark Rosse dijo...

Está muy bueno el artículo, fue agradable leerlo y me reí mucho. Me sirvió para subir el ánimo.
Saludos :)